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Mast’aku, un abrazo entre mundos

Desde el comienzo de la humanidad, la comida ha sido mucho más que sustento: ha sido un ritual que nos une. A través de los platos servidos y compartidos, nuestros ancestros han contado historias, celebrando y honrando la vida y la muerte. En los Andes, esa relación entre la comida y el alma alcanza una profundidad única durante la preparación del Mast’aku, la mesa ritual que se prepara para recibir el alma de los seres queridos que regresan cada 1 y 2 de noviembre.

Según la cosmovisión andina, la comida no solo alimenta el cuerpo: nutre el alma. Cada pan, hecho de masa dulce, en esta fecha tiene un lenguaje simbólico. Cada elemento guarda la memoria de la persona que partió y expresa cariño, gratitud y continuidad. Así, las familias preparan su mesa con devoción, no para despedir, sino para recibir. El Mast’aku es un puente sagrado que une a los vivos y a los muertos, al cielo y la tierra, al ayer y al hoy. Sobre él se colocan los alimentos preferidos del difunto, elaborados con intención.

La mesa del mast’aku se construye con tres niveles, los tres mundos de la tradición andina, que reflejan la conexión entre lo divino, lo terrenal y lo profundo.

Alaxpacha: el mundo de arriba

Allí habitan el sol, la luna, que representan el ciclo de la vida, el día y la noche. En este nivel se coloca la cruz, símbolo del encuentro entre el mundo terrenal y el espiritual; la fotografía del difunto o  difunta; ángeles y palomas que simbolizan pureza y ascenso; y el cóndor, mensajero del cielo. El arco de cañas o de hojas enmarca el altar como una puerta por donde los espíritus descienden para visitar a los vivos. Acompaña la T’antawawa ángel, que simboliza al espíritu que protege y acompaña al difunto en su tránsito.

Akapacha: el mundo terrenal

Es el espacio del encuentro y la abundancia. Aquí se coloca el retrato junto con la T’antawawa, figura de pan que representa al difunto o  difunta, junto a su comida y bebidas favoritas. También se ofrecen frutas, bizcochuelos, maicillos, canastas de dulces típicos de estas fechas y un vaso de agua que sacia la sed del alma viajera. En este nivel, las escaleras de pan permiten que el ajayu suba y baje entre los mundos, mientras que las flores y las velas iluminan el reencuentro. Es el nivel del abrazo invisible, donde la vida y la muerte se encuentran sin miedo, solo con amor.

Manqhapacha: el inframundo

Representa lo profundo, el mundo de abajo, donde habitan los misterios y la raíz de la vida. Aquí se colocan figuras de pan con forma de víbora, lagarto y sapo: símbolos del renacer, de la sabiduría de la tierra y del equilibrio entre los mundos, recordando que lo terrenal y lo espiritual son parte de un mismo ciclo. No faltan los pequeños detalles que llenan de vida el altar. Todo tiene un propósito; todo dialoga con el alma que vuelve.

Cada año, las familias preparan la mesa con esperanza, sabiendo que sus seres queridos volverán a compartir con ellos. Durante esos días, el hogar se convierte en un altar vivo. El aire huele a pan recién horneado. No hay tristeza, sino reencuentro. Es un tiempo de unión, de risas y de silencio, donde la presencia se siente más allá de lo visible.

En la risa de los niños, en el crujir del pan, en la música suave del viento, el ajayu vuelve a la casa. Y no vuelve solo: trae consigo la memoria de quienes fuimos y la esperanza de lo que seguimos siendo.

Aunque el mast’aku pertenece al corazón de los Andes, su espíritu late en muchas partes del mundo. En China, el Qingming Festival honra a los antepasados; en Corea, el Chuseok reúne a las familias; en Camboya, el P’chum Ben celebra a los difuntos; en la India, el Pitru Paksha; en Bali, el Galungan; y en México, el Día de Muertos, donde los altares se llenan de flores de cempasúchil, velas y los platillos favoritos de quienes partieron.

Todos estos rituales nos recuerdan algo profundo: que la comida es memoria, un lenguaje universal de amor. En un mundo donde las costumbres se desvanecen, mantener viva la tradición del mast’aku es un acto de esperanza; es reafirmar que nuestra identidad boliviana nace del encuentro entre lo ancestral y lo presente, y que el pan compartido con los difuntos alimenta tanto nuestro cuerpo como nuestra alma.

Este año, invitamos a todos a mantener viva esta tradición: a recibir a nuestras almas desde el cariño y no desde la pena. No importa si tu mesa es grande o pequeña: una vela, una foto o una comida que le gustaba a quien ya partió son actos inmensos para el alma, porque nos ayudan a sanar y a sentirnos parte de algo más grande.

Los invitamos a celebrar desde sus hogares y a participar en nuestro Mast’aku comunitario en el Parque de la Memorias, donde muchas familias compartirán sus ofrendas y recibiremos juntos a nuestros seres amados.Porque mientras haya memoria, hay vida.

Y mientras recordemos, nunca estaremos solos.

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